Rocío bajo el techo
Sesenta y nueve pesos después, cayó en descuenta; no son pocos ni menos que serán, pero no todos los días se recuenta. Y es que como esa colcha que a arena húmeda y vapor de agua, a veces los gansos se olvidan que antes que noche, el día también hubo guaro.
Tal cual huyendo de las dieciséis empresas del destino, dónde no hay peor viaje que el que lo asienta a uno en las orillas del descuido, hubo un día un ruido que tras el blanco del suspiro se encontró, al filo del futuro sin presente ni diario consentido.
Y en liándose las trenzas de la barba encontró lo que a esperas del tercero, cuarto, quinto y con camino. Sentado, bajo un casco y sin un duro y egresado y sin patera salió en la búsqueda del amigo. Tres sin dos por tiempo y sin partío. Mas no creyendo que la pluma estuviera sin plata ni hojalata abrió los doce y sus secretos, mordió la tinta y en lo absurdo del discurso pronunció;
por más que treinta ladrones, cuarenta perros y dos cabrones se lleven los cajones no habrá dios que con mono y sin anís, del día en que sin plata, sin sentido ni zapatos y entonando los versos del perdido en lo alto del morro, brindis y partido.
